martes, 12 de junio de 2012

De Londres a Dublín: ¡YoY positivo!


Niños, no importa la empresa en la que trabajes: todas ellas siempre miden su éxito, en gran medida, por su evolución de un año contra otro. Es tan complicado medir el valor de un negocio de forma abstracta que siempre es necesario encontrar algo contra lo que comparar los resultados. Y no hay mejor contrario contra el que medirse que uno mismo. Por eso, en cada empresa en la que he trabajado, el famoso indicador YoY (Year on Year, año contra año) resulta fundamental para entender lo bien o mal que están yendo las cosas.

Así que, al más puro estilo empresarial, hoy he decidido que me apetece echar la vista atrás justo un año, a ver cómo va mi YoY.

Un día como hoy, 12 de Junio de 2011, estaba viviendo en Londres. En aquel momento trabajaba para Guinness y recuerdo que tocaba Pereza en un local llamado Scala. Sorpresas de la vida, aquél día tuve que convencer tanto al manager del grupo como a ellos mismos de que su siguiente concierto (y el que sería el último antes de que se separaran) iba a ser en Dublín con motivo del Arthur Guinness Day. Qué bien lo pasé esa noche: aún recuerdo las caras de felicidad de mis amigas Vicky e Inma cuando terminamos en el backstage tomando cervezas con Rubén y Leiva.

El año que pasé en Londres viví en una casa bastante regular, la verdad. Compartíamos sótano  5 personas y solamente teníamos un baño y un minúsculo recibidor que hacía las veces de salón comedor. Ahora, un año después, escribo estas líneas sentado en el sofá de mi casa de Dublín, en la que tengo la gran suerte de vivir yo solito. La verdad es que en esto la mejora ha sido notable.

Aunque he de decir que la experiencia en aquella casa de Lillie Road no fue mala, todo lo contrario: tuve la suerte de convivir durante un año con Jorge y Eva. Dos chicos excepcionales que me sirven de inspiración: se quieren, se apoyan, se cuidan el uno al otro y siempre miran a la vida con valor y con la actitud más positiva. Ahora les va genial y yo que me alegro: se merecen todo lo bueno que les pase. Por muy a gusto que esté en mi nueva casa, les echo mucho de menos.



Además, allí pasaba los días de oficina y las noches de fiesta con los pequeños en tamaño pero grandes en espíritu Manolo y Alex. Sin ellos Londres no hubiese sido lo mismo, ni de lejos. Siempre estaban ahí para sufrir mis idas de olla, apoyarme en mis bajones o reírse con mis tonterías. Ahora también les va muy bien, y, al igual que a Jorge y a Eva, espero que la vida les siga tratando tan bien como merecen.




Dicho esto, la verdad es que en lo que a amistad se refiere no puedo quejarme tampoco; hace apenas un par de meses que llegué a Dublín y ya tengo a un montón de personas que hacen que cada día valga la pena: mi buddy Inés y su infinita paciencia conmigo, la bendita loca de Natalia o el gran campeón de David; ellos y todos los que han gastado un minuto de su tiempo en enseñarme algo, en ayudarme, en escuchar mis historias para no dormir o simplemente en echaros unas risas a mi lado. Por suerte para mí, son tantos que si los nombrase a todos no tendría sitio en una sola entrada de blog. ¡Parece que el YoY no va mal por ahora!

¿Qué me queda? Pues me quedan los que más quiero: mi familia. Hace un año vuestra tía acababa de embarcarse, con mucha valentía, en una nueva aventura: con solo 20 añitos decidió que se iba de casa para estar al lado de la persona que más quiere. A mí y a los abuelos nos dio mucha pena, pero ahora no podemos hacer otra cosa que alegrarnos cada vez que vemos la sonrisa de felicidad que no se le borra de la cara, culpa en gran parte de las excepcionales personas que la rodean y a los que no puedo estar más agradecido por lo bien que tratan a mi hermanita. Sheila, no te lo digo tanto como debería, pero no sabes lo que te quiero y te echo de menos. ¡Qué bien que en menos de un mes estarás por aquí y volveremos a vivir juntos durante un mesecito! Vete armando de paciencia, eso sí.

Vuestros abuelos hace un año estaban a punto de venir a visitarme a Londres y hoy están ya preparando un nuevo viaje a Irlanda. Sé que nos echan de menos, pero al mismo tiempo están muy felices por lo bien que nos va. Yo también los echo de menos, pero por suerte puedo verles a menudo y hablar con ellos cada semana. Niños, ojalá yo pueda daros, como mínimo, lo que he recibido de ellos.

Casi casi he terminado, pero me queda una cosita por repasar. Esa de la que tanto les gusta que hable a las chicas que leen este blog… ¡el amor! Aquí las cosas sí que han cambiado: hace un año me pasaba el día persiguiendo a cualquier chica guapa que pasase a mi lado; eso sí, tan pronto como se acercaban demasiado salía huyendo y trataba de alejarlas de mi vida. ¡Me daba pánico comprometerme! Y hoy, como os conté hace poco, ando enamorado como un adolescente. Ahora soy yo el que está dispuesto a hacer cualquier cosa por una sonrisa que me vuelve loco; lástima que, a ella, le he pillado a contrapié. Pero claro, ¡es que no todo podía ser tan sencillo!

En resumen, estaréis de acuerdo conmigo en qué el famoso año contra año no puede ser más positivo para mí. Como dicen los guiris, habrá que esforzarse por mantener el momentum y que el año que viene por estas fechas las cosas sigan, como mínimo, igual de bien. 

P.D: "Perdón por escribir esta carta tan larga, pero no he tenido tiempo de hacerla más corta" by George Bernard Shaw

domingo, 3 de junio de 2012

¿qué tienen en común los huevos, las lineas aéreas, los gin tonics, los ordenadores o las salas de cine?


A priori, puede parecer que no mucho; o quizá muchas cosas sin demasiada importancia. Sin embargo, voy a compartir con vosotros una interesante característica que los une a todos: la discriminación de precios.

Veréis, cuando uno empieza a aprender cómo funciona la economía, la ley más básica que explica el intercambio de productos en los mercados es la “Ley de oferta y demanda”. Esta ley dice algo tan sencillo como que los compradores (demanda) estarán dispuestos a comprar más cantidad de un determinado producto cuanto menor sea su precio. Mientras, los vendedores (oferta) actuarán de la forma contraria: estarán dispuestos a vender mayor cantidad de su producto cuanto mayor sea el precio al que consigan hacerlo.

¿Cuál es el problema de esta teoría? Bien, el problema es que si bien el precio de venta fijado supone un punto de equilibrio, lo cierto es que ese precio es “una media” y no coincide con el precio máximo que estará dispuesto a pagar cada cliente: habrá una gran cantidad de compradores que estaban dispuestos a pagar un precio mayor y que ahora se benefician de que el precio de equilibrio fijado sea más bajo. En definitiva, están de alguna forma “ahorrando”. Y es, precisamente ese ahorro, el que ansían cantidad de empresas e industrias en búsqueda de beneficios adicionales. Es ahí donde entra en juego la teoría de  discriminación de precios.

Tomemos el ejemplo de los huevos. ¿Cuánto estoy dispuesto a pagar por una docena de huevos? Seguramente cada comprador tenga una cifra diferente en su mente; por eso, el productor de huevos, ha de intentar sacar el máximo posible de cada uno de sus clientes y no limitarse a un único precio de equilibrio. ¿Cuál es la solución? El famoso código de etiquetado de huevos. Si os habéis fijado, los códigos que aparecen impresos en los huevos siempre empiezan por 1, 2, 3 o 0. Esta numeración fue regulada por la Unión Europea en 2004 y resulta común en todos los estados miembros. ¿Qué significan estos números? Pues el 0 indica que los huevos se han producido en un granja ecológica, el 1 que la cría es “campera” (las gallinas campan a sus anchas por la granja), el 2 indica que las gallinas han sido criadas en el suelo pero su movilidad es algo más reducida y, por último, el 3 indica que las gallinas han sido criadas en jaulas en una forma un tanto más industrial.

¿Hay diferencia entre los huevos provenientes de los diferentes métodos? La realidad, que me explicaba hace poco el padre de mi cuñado, veterinario y experto en la materia, resulta mínima. Seguramente, la gran mayoría de consumidores sería incapaz de percibir los beneficios de uno u otro método. Sin embargo, mi querido Mercadona, se permite el lujo de cobrar 0,80€ más por una docena de huevos tipo “1” respecto de los de tipo “2”.

A estas alturas, seguramente estaréis de acuerdo conmigo en que la diferenciación entre métodos de cría no es más que una forma un tanto sutil de aplicar la discriminación de precios para distintos clientes. Cómo no todo el mundo está dispuesto a pagar lo mismo por una docena de huevos, dar una variedad de opciones con una mínima diferencia permite autoseleccionar a los clientes y maximizar los ingresos que se obtienen de ellos.

Esta es, exactamente, la misma técnica que aplican las compañías aéreas al ofrecer servicios de pago como el acceso rápido al avión o la selección de asiento. O incluso ciertas marcas de ginebra, que se han “inventado” la posibilidad de incluir pepino en sus gin tonics (algo que no aporta mucho al sabor de la copa, más bien al contrario) con tal de permitir a sus consumidores más “pudientes” la posibilidad de pagar más y, a la vez,
mostrarle al resto del bar que ellos están consumiendo un producto más caro. Show off (alardear), que le llaman los ingleses.

Recuerdo que hace no mucho leía la biografía de Alan Sugar; el empresario que dio nombre a la compañía Amstrad (Alan Michael Sugar Trading) que a finales de los años 80 consiguió llenar los hogares europeos de ordenadores personales. Lord Sugar contaba que siempre utilizaba la misma técnica al lanzar un nuevo modelo al mercado: posicionaba la gama básica a un precio accesible, por ejemplo 199 libras, y a la vez una versión con pequeñas mejoras como memoria adicional o un mayor disco duro por un precio de 299 libras. En palabras del propio Sugar: “los clientes acudían a la tienda buscando la opción más barata pero luego se volvían locos por la versión más cara y la terminaban comprando”.

Hace no mucho me encontré con uno de los ejemplos más simples y claros de la teoría de discriminación de precios: los asientos VIP del cine. Resulta que ahora, en determinados cines, se cobran más caros los asientos de un par de filas. Estos asientos se pintan de otro color, muy útil para facilitar el mencionado show off, y se supone que aportan una mayor calidad por estar más centrados. En realidad, es una manera muy sencilla de cobrar 2€ adicionales a aquellos para los que, sorprendentemente, el cine les sigue pareciendo barato.

Así que, simplemente, andaros con ojo. Las grandes compañías están intentando, gracias a la discriminación de precios, aplicar las mismas técnicas que esos famosos regateadores de mercadillo que tratan de averiguar y conseguir el mayor precio posible que estés dispuesto a pagar. La diferencia es que a estos vendedores, al menos, se les ve venir de frente.