viernes, 20 de diciembre de 2013

¡Se acabó trabajar! (por este año)

Hola niños. ¿cómo estáis?

Yo francamente bien, pues acabo de llegar a casa dispuesto a disfrutar de los días de Navidad en familia y recargar pilas. Si este año no os he escrito a menudo, no ha sido porque no hayan ocurrido cosas interesantes, ¡qué va! más bien todo lo contrario: han sucedido tantas cosas, buenas en su mayoría, que no he encontrado el momento para poder contároslas. Por eso ahora, que estoy tranquilo y cómodamente sentado en el sofá de los abuelos, voy a aprovechar para ponerme al día. 

Como os decía, durante este año han ocurrido multitud de cosas buenas: he viajado muchísimo, he disfrutado de gente maravillosa y, aunque el trabajo me ha exigido a veces más de la cuenta, ha tenido una gran recompensa. De hecho, la mejor de las recompensas ocurrió hace solo unos días, cuando mi equipo decidió elegirme de forma voluntaria y democrática como "the best team player", o lo que es lo mismo, el mejor jugador de equipo.

Es un premio que me hizo muy feliz, no solo por el hecho de que mis compañeros me eligiesen para el mismo, sino porque confirma que he sido capaz de ser como quiero ser. No siempre resulta fácil tener una sonrisa y el tiempo para los demás, especialmente cuando estás sometido a la tensión a la que nos tiene acostumbrados nuestro trabajo, pero cuando lo consigues y además se te reconoce por ello, la sensación es magnífica. 

De hecho, si algo me gusta cuando trabajo es sentir que no solo aprendo sino que, cada vez más, voy siendo capaz de aportar cosas a los demás. Durante 2013 he sido el mentor de Thomas, un estudiante alemán al que he tratado de ayudar y aconsejar lo mejor que he sabido. Además he tenido la suerte de colaborar mano a mano con Joan, un chico encantador y con un futuro brillante, durante su beca de verano en Dublín. En definitiva, tras un primer año en Irlanda en el que sentía que iba a remolque y solo me dedicaba a absorber todo lo que podía de los demás, en este 2013 no solo he seguido aprendiendo muchísimo de los cracks que me rodean sino que también he sido capaz de aportar mi granito de arena. Y esa es una sensación muy buena.

Sé que no debería centrarme en el trabajo, precisamente mi objetivo estos días es poder "desintoxicarme un poco", pero lo cierto es que es una suerte trabajar con quién trabajo. Uno de los grandes momentos del año mi viaje a Las Vegas en el mes de Abril, a donde viajé con todos mis compañeros, 11.000 en total. Aunque, por suerte, no todos se quisieron venir de road trip por el Gran Cañón, la ruta 66 o Zion Park. Menos mal, porque con los 10 que fuimos en esas dos pedazo de furgonetas macarras ya fuimos más que suficientes para pasarlo genial. Esta es otra de las grandes ventajas de trabajar dónde trabajo: 10 compañeros de equipo (incluidos los jefes), personas completamente diferentes entre sí y todas compartiendo furgoneta y moteles durante más de 1.000km. Lo más lógico es que la cosa hubiese explotado en algún momento, y sin embargo fue una experiencia estupenda y divertidísima que sirvió para unirnos mucho más los unos a los otros. 


En resumen, me siento un privilegiado por tener la oportunidad de trabajar con la gente con la que trabajo y vivir las experiencias que vivo. Me da mucha pena que algunos de los compañeros que más quiero se vayan escapando de mi lado así como quien no quiere la cosa, pero eso sí, como en todos los casos es para mejor, yo soy feliz por ellos.

Ahora en estos días lo que quiero es poder recuperar fuerzas. Si bien os cuento sólo algunos de los mejores momentos del año, lo cierto es que ha sido un ejercicio muy duro y muy intenso. 2014 se presenta como un desafío aún mayor, y también con una visita a Las Vegas en el horizonte. Así que habrá que aprovechar para comer turrón y dormir mucho que falta me va hacer acumular fuerzas. 

Prometo no tardar en volver a escribiros. Sed buenos.

"In learning you will teach and in teaching you will learn

You'll find your place beside the ones you love" 


Phil Collins, Son of Man, Tarzan



martes, 13 de agosto de 2013

A quién planifica, y madruga, Dios le ayuda

Hola niños. Os escribo desde un avión mientras sobre vuelo el mediterráneo de camino a casa para pasar unos días más antes de volver al gris Dublín.

Cómo siempre me quejo de que no tengo tiempo de contaros cosas, y ahora tengo un rato largo mientras viajo (me estoy acostumbrando a esto de ser multi-tasking), os voy a contar algunas cosas sobre los viajes en general y la isla de Mallorca en particular.

Veréis, mis amigos suelen meterse bastante conmigo por lo mucho que planeo los viajes: antes de viajar, me encanta recopilar información sobre todo aquello que tenga que ver con mi destino. A veces, lo hago incluso para viajes que aún no tengo claro que vaya a hacer. ¿Por qué lo hago? Pues principalmente porque me gusta y me relaja. Viajar es sin duda mi mayor pasión y si lo uno a mi afición a tener las cosas bajo control, heredada de mi padre, pues la planificación de viajes me viene como anillo al dedo. De hecho, me pregunto: ¿se podrá uno ganar la vida de travel planner? Si hay wedding planners, no sé por qué no podría triunfar la profesión de organización de viajes.

En fin, el caso es que mis amigos se suelen cachondear del hecho de que haga planes en los que recojo todo aquello que me gustaría ver, la información básica para hacerlo (rutas, horarios, precios) y encima lo organice todo según los días y el tiempo disponible. Lo cierto es que lo hago hasta el punto de poner cosas como “Domingo, tarde libre” que tanta gracia le hizo a mi amiga Elisa antes de venirme a Mallorca.

Reconozco que obsesionarse en vacaciones con una agenda no es precisamente lo más sano, por eso le aplico a esos planes algo que resulta fundamental en muchos aspectos de la vida: la cintura. Algo así como lo que hace el GPS cada vez que te saltas una salida: recalcular. Aunque lo tengo todo previsto, me dejo margen para seguir aquello que me apetezca en cada momento; no tengo problema en reorganizar todo en un momento y cambiar las ideas sobre la marcha. Eso sí, sigo defendiendo que planificarse antes de viajar vale mucho la pena.

Por ejemplo, vale la pena empaparse en foros como el de LosViajeros y descubrir que la compañía de alquiler de coches Hiper Rent a Car funciona fenomenal y te permite ahorrar unos 300€ respecto a Europcar o Hertz; y que además no da los quebraderos de cabeza que sí provocan otras reinas del low cost como Goldcar.

Además, te permite conocer playas tan espectaculares como Es Trenc, S’Amarador o S’Almunia en un solo día, además de una comida espectacular en el restaurante “Pura Vida” de Cala Figuera con maravillosas vistas a La Cabrera. ¿Qué eso se puede hacer sin planificarse tanto? Sí, claro que se puede. Que se lo digan a los “viva la vida” que decidieron llegar a Es Trenc un poco más tarde que nosotros: más de una hora de espera insoportable en el coche para poder entrar a un parking abarrotado.

Playa de Es Trenc, Campos, Mallorca


Además, en esta semana me han encantado pueblitos como Cala Ratjada o Deiá, playas como la de Muro, las dunas de Cala Mesquida o la tranquilidad de la Cala Romántica. A la vez, me han decepcionado playas descuidadas como la de Sa Calobra y otras explotadas en exceso (y no por ello mejor cuidadas) como la de Formentor, donde el hotel Barceló se apodera de la playa y la hace accesible sólo previo pago de un desmesurado impuesto revolucionario en forma de parking.

En fin, sé que mis amigos se seguirán metiendo conmigo por mis planificaciones, pero mientras siga disfrutando haciendo mis planes y luego llevándolos a la práctica, creo que lo voy a seguir haciendo. Os recomiendo lo mismo ;-)

Cómo decía mi personaje favorito del Equipo A al final de cada capítulo:
"Me encanta que los planes salgan bien"


domingo, 11 de agosto de 2013

Vacaciones

Hola niños,

¿qué tal lo lleváis? La última vez que os escribí estaba a punto de irme a Las Vegas. Ha pasado mucho tiempo, más de 3 meses, y la verdad es que tendría que haberos escrito antes.

No lo he hecho porque, como os apuntaba en mi entrada anterior, últimamente no tengo tiempo ni de seguir mi propia vida. Todo va demasiado deprisa: un viaje a Las Vegas y al Gran Cañón, otro a la Riviera Maya en Méjico, una escapada a Amsterdam y un par de viajes a Madrid para asistir a un par de bodas han sido lo más destacado de mi vida desde esa última entrada a finales de Marzo. El resto, ha sido mucho trabajo. 

Ahora, al fin, he encontrado el tiempo, las ganas y la motivación de volver a escribiros. Podría contaros muchas historias y reflexiones de todos estos meses y, especialmente, de los viajes; pero sería un tanto egoísta por mi parte prentender poneros al día de una sola vez. Así que, cómo mientras os escribo estoy disfrutando de unas merecidas vacaciones en Mallorca, voy limitarme a una idea bastante sencilla: ¡qué bien se está de vacaciones! (y no es que quiera daros envídia, pero la foto muestra justo lo que veo en estos momentos)



Supongo que no os resultará para nada sorprendente semejante afirmación, así que voy a elaborarla un poco. Cuando estoy de vacaciones es cuando encuentro tiempo para hacer lo que de verdad me pide el cuerpo. Normalmente, mi día a día se rige por obligaciones; no solo aquellas derivadas del trabajo, sino también sociales: hay que ir a una despedida, a un cumpleaños, a una boda, a una simple comida. Al final, todo "hay que hacerlo" por algún motivo. Sin embargo, en vacaciones, en esos pequeños días que uno se concede cada año, te puedes permitir el lujo de hacer simplemente lo que te apetezca, es algo impagable. 

A mí una de las cosas que más me suele apetecer estando de vacaciones es leer. Pero leer porque sí, no porque crea que es importante cómo hago normalmente al leer libros que prometen descubrir las claves para asegurar el éxito profesional. En apenas una semana que llevo en Mallorca, me he devorado un thriller legal (The Litigators, John Grisham) sin muchas pretensiones que me ha tenido enganchado casi todo el tiempo que he pasado en la playa, a la vez que me ponía moreno. Para que luego digan que los hombres no somos capaces de hacer varias cosas a la vez. 

Bromas a parte, la verdad es que en las vacaciones es cuando tengo tiempo de encontrarme conmigo mismo, de preguntarme si soy feliz o de cómo puedo serlo más. Por suerte, mi situación es privilegiada: empezando porque tengo un puesto de trabajo que me permite disfrutar de vacaciones como estas y siguiendo porque además cuento con la más agradable compañía. Sin embargo, no puedo dejar de pedirle más a la vida y por eso me doy cuenta de lo que más hecho en falta: tiempo. Tiempo para escribiros más, para no tener que esperar a escaparme a la playa para poder leerme un libro, tiempo para hacer lo que me pida el cuerpo más a menudo y menos lo que me pida la responsabilidad.

Me planteo incluso si es el momento de dejar la vida esclava del trabajo en una gran empresa; si quizá sea ya tiempo de perseguir mi propio sueño. Quienes me conocen saben bien que ideas no me faltan pero creo que sigo sin reunir el valor o la locura suficientes para hacerlo. Así que me conformo con disfrutar del sabor de estos días en el Mediterráneo, me hago propósito de enmienda y me prometo a mi mismo que cuando esté de vuelta en mi frenética rutina seré capaz de encontrar tiempo para hacer deporte, para leer y hasta para aprender algo de alemán, mi próximo reto. La experiencia me dice que seguramente no lo consiga, que lo más probable es que ese maldito work-life balance, o más bien su ausencia, me impidan encontrar el tiempo para sentirme tan bien como ahora mismo; así que, por ahora, me conformo con esta brisa que disfruto me impulse hasta las próximas vacaciones. 


jueves, 28 de marzo de 2013

Irlanda, ese ¿gran? país


Hola niños, ¿qué tal estáis? Yo sigo como siempre, con apenas tiempo de seguir el ritmo de mi propia vida. Aunque hoy no puedo quejarme: os escribo desde la cama, a apenas unas horas de subirme a un avión rumbo a Las Vegas. Muchas horas de vuelo y una escala en Philadelphia me separan de la ciudad del pecado. No obstante, sobre mis aventuras en el Strip, mi road trip por el Gran Cañón, mi vuelo en helicóptero, etc. os hablaré a la vuelta. O tal vez no, ya se sabe que lo que pasa en Las Vegas, queda en Las Vegas.

Hoy os quiero hablar de las cosas que menos me gustan del país que justo desde hace hoy un año es mi país de residencia. Resumiendo, Irlanda me parece un país lamentable. Francamente. Si habláis con gente que ha estado aquí estudiando, de Erasmus o aprendiendo inglés os dirán seguramente que es un sitio genial, con mucho ambiente para salir y con gente muy maja y hospitalaria. Eso seguramente es cierto. El problema es todo lo demás.

Veamos, por un lado el clima es algo que condiciona el país de manera definitiva. La mejor palabra para describirlo es “desapacible”. Lo peor, es que es así de forma constante; uno puede entender que los inviernos sean duros... pero en casi cualquier país del mundo, por muy al norte que esté, hay estación de verano. Aquí no. Aquí el tiempo es constamente horrible.  Sin ir más lejos, este año hemos recibido a la primavera con cuatro días seguidos de nieve, viento y temperaturas máximas de 3 o 4 grados. Ahora bien, el tiempo no es responsabilidad de los irlandeses. Lo que sí lo es es construir casas que no aislan del frío o haber decidido prescindir del básico y efectivo concepto de la “contraventana”. Aquí, creo que disfrutan pasando frio.



Pero dejando el clima a un lado, el país no mejora mucho, la verdad. Este es un país bastante deshabitado. Para que os hagáis una idea, en España donde tenemos zonas casi desérticas y despobladas, la densidad de población es de 93 habitantes por kilómetro cuadrado. Aquí, en Irlanda, la densidad es bastante inferior: 67 habitantes por metro cuadrado. Además, esos 67 habitantes por metro cuadrado son de los peores. Me explico: ahora mismo, unos 3 millones de Irlandeses viven fuera del país. Se calcula que más de 100 millones son los que han emigrado en la conocida como “diáspora irlandesa” que comenzó después de 1840. ¿y quienes se han ido? Pues en gran medida, como tristemente sucede hoy en día en España, los mejor preparados. Aquellos que tenían más a ganar fuera del país que dentro. Por tanto, entre que los que quedan apenas pueblan el país y que no son precisamente los mejores, este país es un pequeño desastre.

A día de hoy, lo peor de Irlanda son los servicios públicos: la sanidad es penosa además de cara; los bancos funcionan con retraso respecto a su tiempo; el comercio sigue cerrando a las 6 cada día y las carreteras dan verdadero miedo. Lo peor es que esto no es flor de un día: el pueblo irlandés apuntaba maneras desde hace mucho. Entre 1845 y 1849 se produjo lo que se conoce como “la gran hambruna irlandesa”; durante ese período, debido a las políticas abusivas impuestas por el Reino Unido que antes les había conquistado (normal, por otra parte), se calcula que murieron en Irlanda más de dos millones de personas debido a la escasez de patatas. Una pena, sin duda. Pero algo bastante curioso teniendo en cuenta que Irlanda... es una isla. Una isla en la que el pescado, además de calidad, abunda. Sin embargo, ni entonces ni ahora han sido los irlandeses amigos del pescado. Puedes pasear el centro de Dublín de arriba abajo cuantas veces quieras y no verás una pescadería. Cuanto menos, curioso.

En lo que sí son buenos, aunque tampoco los mejores ya que la República Checa les supera, es en consumo de cerveza. Pese a lo caro del alcohol, normalmente beben sin medida. Es clásico encontrar las calles llenas de borrachos y las aceras sufriendo las consecuencias. En Irlanda no todo es malo, por supuesto también hay cosas buenas. Pero esas os las contaré otro día.

"The Irish ignore anything they can't drink or punch."
James Boswell


miércoles, 6 de marzo de 2013

¿por qué solo mejorar cuando puedes reinventar?


Hola niños. ¿qué tal este último mes? Espero que no me hayáis echado mucho de menos. Yo durante este mes, entre otras cosas, he celebrado mi 28 cumpleaños. Fue una gran celebración con más de 40 amigos y en la que lo que más me sorprendió fue darme cuenta de que, de esas 40 personas, justo en mi anterior cumpleaños, no conocía a ninguna. Ni conocía a algunos de mis hoy mejores amigos, ni si quiera a la persona con la que comparto mi vida. Sin darme cuenta, sólo en un año, había revolucionado del todo mi vida. Y me he dado cuenta de que a veces, es mucho más interesante reinventarse y empezar un sendero nuevo que simplemente continuar por el anterior.  

¿qué quiero decir con esto? Pues básicamente que hay ocasiones en la vida, en las que sale bastante más a cuenta volver empezar las cosas desde el principio y encontrar soluciones totalmente nuevas a los problemas que existan. Soluciones más acordes con un contexto más actual y con unas circunstancias que seguramente habrán cambiado desde que el problema se atacó por primera vez.

Por ejemplo, hoy en día es común que en casi todos nuestros dispositivos tecnológicos utilicemos un teclado llamado Qwerty. Se llama así porque es el orden de las seis primeras letras que aparecen de izquierda a derecha. Quizá no sepáis que este teclado se hizo popular a partir de 1878 gracias a una máquina de escribir llamada Remington No.2. Tal vez penséis que la disposición de las teclas esté pensada para agilizar al máximo la escritura y que podamos escribir más rápido. ¿sería lo lógico, verdad? Pues no, precisamente este diseño busca justo lo contrario: que escribamos de la forma más lenta posible. ¿por qué? Sencillo. Este teclado fue concebido para máquinas de escribir, cuyo sistema de impresión estaba formado por brazos metálicos que imprimían en el papel las letras correspondientes a cada tecla. Dado que era muy fácil que estos brazos metálicos chocasen y se atascasen si se pulsaban dos teclas seguidas de forma muy rápida, se diseñó un teclado que minimizase estos errores buscando la escritura más lenta posible utilizando diez dedos.

Lo curioso, es que desde hace más de dos décadas las máquinas de escribir prácticamente han quedado en desuso; ahora el teclado Qwerty no aporta ninguna ventaja sobre ordenadores, teléfonos móviles o tabletas que llenan nuestros hogares hoy en día. Durante años nos hemos esforzado en mejorar los teclados, hacerlos ergonómicos, diseñar sistemas que permitan agilizar la escritura en móviles… pero no nos hemos atrevido a diseñar la solución a nuestra necesidad desde cero. Tal vez, de haberlo hecho, ahora tendríamos como estándar un teclado mucho más eficiente que me permitiese escribiros este blog en mucho menos tiempo.

Este es precisamente uno de los mantras de Larry Page, mi jefe supremo, quien repite la teoría de que crecer al 10% serviría para mantener contentas a la mayoría de compañías; sin embargo, multiplicar por diez (10x) el valor de algo a veces es incluso menos costoso. Creciendo y mejorando lo que ya existe un 10% seguramente no cometerás un fallo estrepitoso, pero desde luego tienes garantizado que no alcanzarás un gran éxito.

Es por eso que hoy veo a las grandes empresas de mi país, que como Iberia, se afanan en seguir estirando lo que una vez fueron y seguir haciendo las cosas de la misma manera. Tal vez sería bueno que, en lugar de gastar el tiempo pensando en cómo reducir costes  se plantearan… ¿cómo sería Iberia si la inventásemos hoy?

Niños, sed valientes. Y si tenéis la oportunidad de multiplicaros por 10… hacedlo.



sábado, 9 de febrero de 2013

La importancia de afilar la sierra


¿Qué tal niños? Espero que no me hayáis echado mucho de menos. Últimamente, para variar, he estado muy liado. Cuando volví a Dublín tras las vacaciones de Navidad, creí que no iba a poder con todo. Casi me hundo. Pero al final, y gracias a haber afilado la sierra, he transformado una serie de retos complicados en grande éxitos. Os cuento.

Estas navidades aproveché para juntar muchos días en casa; viviendo fuera es complicado ver a todas las personas que quieres ver y mantener el contacto. Por eso estas pasadas fiestas me esforcé todo lo posible en ver a todos mis amigos y en pasar tiempo con la familia. A pesar de estar más de tres semanas consecutivas intentándolo, no hubo manera de ver a todo el mundo. Además, pasé mucho tiempo haciendo algo que me “encanta”: ir de compras. Lo odio. No comprar cosas, que eso es diferente: consiste en ir a buscar algo que quieres y comprarlo, simple. Eso sí me gusta. Pero “ir de compras” entendido cómo desperdiciar horas de tu vida mirando, remirando y sin terminar de comprar nada... eso es una tortura.


Total, que entre unas cosas y otras acabé de vuelta en Dublín con la sensación de no haber aprovechado las vacaciones, de no haber descansado. Al final, cambié el estrés del trabajo por un estrés auto-impuesto y más divertido pero igual de agotador. Y, como consecuencia, mi primera semana en Dublín fue un desastre. No veía el momento de que llegase el viernes, no daba pié con bola y encima me hundía día a día ante los retos que iban surgiendo.

Entonces, tiré de manual, y recuperé uno de los mejores libros que he leído en mi vida y que he de agradecer a algún antiguo jefe y amigo por descubrirmelo: “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”,  de Stephen R. Covey, quién falleció este pasado 2012. En él, se describen 6 prácticas muy recomendables para alcanzar el éxito en la vida, pero esta vez me fui directo a por el séptimo hábito: afilar la sierra. Este hábito se basa en algo que suena bastante sencillo: si tu sierra está desafilada, será mejor invertir algo de tiempo en volver a afilarla y luego seguir cortando árboles. Al final, recuperarás pudiendo cortar más rápido el tiempo empleado en afilar la hoja.


Según Covey, esta renovación se basa en cuatro factores: físico, mental, emocional y espiritual. A mí no me hizo falta meditar, ni realizar ejercicios complejos: todo un fin de semana de no hacer nada, pasando de la cama al sofá y del sofá a la cama. Escuchando a mi cuerpo y no a mi consciencia. Algo tan simple como eso, me puso las pilas.


Y ahora, tras esa primera semana, me siento pletórico. En el último mes, me he cambiado de casa con la de trámites, complicaciones y esfuerzos que eso implica; eso sí, el esfuerzo ha compensado: ahora no solo vivo en una casa estupenda en el centro de Dublín, sino que además la comparto con la persona a la que más quiero y más admiro en mi vida. Un lujo. 


Pero además de eso, he elevado bastante mi rendimiento en el trabajo; me he vuelto a sentir a gusto y he podido sacar adelante muchas iniciativas. La última, esta semana, pasando una semana entera contribuyendo a transformar el negocio de uno de mis clientes y ayudándoles a prepararse para los retos de un futuro digital que se nos ha presentado delante sin avisar. Y ha sido un exitazo. No digo que haya sido capaz de hacer todo eso gracias a pasarme un fin de semana en el sofá; pero lo cierto es que no habría podido conseguirlo sin hacerlo. 

Niños: afilar la sierra de vez en cuando, compensa.


"Dame seis horas para talar un árbol y pasaré las primeras cuatro horas afilando el hacha." Abraham Lincoln.