domingo, 8 de julio de 2012

21 años de sonrisa


Niños, hoy hace 21 años que nació la tía Sheila. Así que os voy a pedir un favor, y es que esta carta en lugar de escribírosla a vosotros me dejéis que se la escriba a ella.

Sheila,

No sé si sabes que antes de que nacieras, mamá  eligió tu nombre tras oírlo de casualidad y que alguien le dijera que significaba “sonrisa” en árabe. Si hoy buscas el origen del nombre en internet, lo cierto es que no está claro si su origen es árabe, hebreo o incluso irlandés; y su significado varía entre “bienvenida” y “la que está en las alturas”. Sea como sea, lo cierto es que viniste al mundo rodeada de sonrisas. Una de ellas, la mía.

Y es que recuerdo ese día con mucha ilusión. Yo pasé la noche en casa de la tía Loli y, al despertar por la mañana, me dijeron que ya tenía una hermanita. No sabía muy bien lo que significaba eso, pero me hacía mucha ilusión. Papá vino a recogerme y yo, vestido con una camisa con dibujos de billetes (seguramente un presagio de lo cara que me saldrías luego, jeje) me fui al hospital a conocerte. Me acuerdo bien de ese día, a pesar de que solo tenía 6 años y unos meses. Papá me “coló” en el hospital de Leganés por la zona de consultas, como le chivó mama, y aunque estaba prohibida la entrada a menores de 12 años… pude verte. Y no solo verte, sino que te cogí en brazos. En ese momento papá y mamá me explicaron que tenía que cuidar de ti, porque eras pequeña y frágil y yo era más grande y fuerte. Creo que, desde entonces, no he dejado de hacerlo nunca. Y lo he disfrutado cada minuto.

La verdad es que me cambiaste la vida: me enseñaste, sin querer, a ser responsable de algo más allá que yo mismo, me enseñaste a cuidar de ti y a quererte de forma incondicional. Me hiciste reír mucho pero también llorar y pasarlo mal. Sabes de sobra, porque lo recordamos cada dos por tres, que aún recuerdo el disgusto que me diste en la playa de Isla Cristina. Yo tendría unos 9 años, y tú apenas 3 o 4. Yo quería leer tranquilo mi tebeo de Mortadelo y Filemón mientras papá y mamá se iban de paseo. Pero tú no querías irte con ellos, tú preferías quedarte conmigo. Y yo, un poco harto de la responsabilidad, decidí que si te quedabas no te cuidaría. Así se lo dije a papá y a mamá. Aún y así, ellos se fueron y conmigo te quedaste… hasta que desapareciste. ¡La madre que te parió! En lo que apenas había leído 2 o 3 páginas de tebeo, levanto la mirada y la mocosa ha desaparecido. ¿Qué hago? Casi me da un infarto, con 9 años. Me acuerdo que le pedí a la señora más fiable de las que tenía alrededor de nuestra sombrilla que me cuidase el chiringuito. Me metí en el agua a buscarte, recorrí la orilla y los alrededores. Nada. Te habías evaporado. De pronto pensé en los gitanos del parking. Lo siento si el comentario es algo racista, pero con 9 años los gitanos me parecían una amenaza bastante respetable. El caso es que no estabas en ningún sitio y yo me quería morir. Corrí al puesto de la cruz roja, les expliqué lo ocurrido y llamaron a papá por megafonía. El pobre no ha corrido tanto en su vida y llegó al puesto de la cruz roja a punto de necesitar reanimación. Fue entonces cuando me explicó, que tú, mocosa intrépida, habías salido corriendo tras ellos y les habías prometido que me habías avisado.

Desde entonces me has dado más de un susto, la verdad. Pero creo que han sido más las alegrías. Sobre todo me das alegrías cuando haces honor al dudoso significado de tu nombre y sonríes. Como sonreías en Disneyland cuando nos llevaron papá y mamá; como sonreías cuando de alguna hice que conocieras Nueva York, Bélgica y Holanda. O como cuando sonríes ahora cada vez que tienes a tu querido Joan cerca.
Es curioso que hoy, 21 años después de aquella mañana calurosa, sea yo el que sonrío porque te tengo aquí conmigo en Dublín y creo que te veo más feliz que nunca. Y, cosas de la vida, ahora eres tú la que quieres cuidar de mí haciendo que coma más sano o que conduzca más despacio.

Yo, por mi parte, lo que espero es verte muchos más nueves de Julio así de feliz y que, aunque te hagas mayor y cada vez te haga menos falta, me sigas dejando cuidar de ti.

Te quiero Sheila, ¡Feliz cumpleaños!

viernes, 6 de julio de 2012

Maldita priorización



Niños, en 2012 vivimos en la más extrema de las abundancias. Y sí, ya se que seguramente habréis estudiado algo de historia y sabréis que desde 2008 vivimos en el mundo en general y en España y Europa Occidental en particular, una de las peores crisis económicas que se recuerdan. Pero aún y así, tenemos tanto que nos sobra.

Me explico. Vivimos en una época en la que podemos disfrutar de todo lo que nos rodea como nunca antes. ¿viajar al otro lado del mundo? Es solo cuestión de tener un poco de dinero y días libres. ¿tener acceso a toda la música, películas, cine o obras de arte que puedas imaginar? Es tan simple como tener un aparato, que ni si quiera tiene por que ser un ordenador, con acceso a internet.
¿por qué ocurre esto? Pues porque en los últimos años hemos vivido una auténtica revolución en términos de transporte y comunicaciones que nos han cambiado la vida. Nuestro tiempo se conoce como la “era de la información”, y es porque, de pronto, tenemos acceso a toda la información que uno pueda imaginar. Pero tenemos demasiada. Demasiada información. No es de extrañar entonces que la empresa para la que trabajo, que tiene como misión “Organizar la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil” encuentre su “pequeño nicho” de mercado.

Pero yendo a lo que quería contaros hoy… el problema es que tenemos demasiada información. Podemos mantener amigos en cualquier lugar del mundo y tener acceso a ellos, a lo que hacen o a lo que dicen de forma instantánea. Y eso, en sí mismo, no es malo. Lo complicado es mantenerlos.

Me encuentro sumido en una auténtica locura: viajo unos días a España, por trabajo, y me resulta absolutamente imposible ver o charlar con toda esa gente que conozco y con la que quisiera compartir algo de mi tiempo. Me quedo en casa de mis padres, vuestros abuelos, y apenas puedo pasar tiempo con ellos. Tengo tantas opciones de ocio a mi disposición que ni si quiera me da tiempo a saber que están ahí. Al final, todo lo que puedo hacer se resume en la maldita palabra “priorizar”.

La palabra “priorizar” parece haberse convertido en la solución a casi todos los problemas. Jefes, profesores, compañeros, amigos y hasta yo mismo nos pasamos el día recomendado priorizar como si eso fuese la varita mágica que nos salva de este mal de no poder abarcar todo lo que queremos. He dicho maldita palabra porque, en realidad, priorizar no es más que el disfraz amable de otra mucho más negativa: renuncia. Al final es necesario renunciar a muchas cosas que uno quiere. Hay que renunciar a pasar tiempo con las personas con las que te gustaría estar, hay que renunciar a conocer lugares, a escuchar canciones, a ver películas, a leer libros, a trabajar un poco más o a aprender; a hacer un millón de cosas que a uno le gustaría. Y renunciar duele. Sobre todo porque esa facilidad de tener todo al alcance de la mano hace que uno vea lo que se le está escapando.



Hay un refrán que dice que “ojos que no ven, corazón que no siente”. Y eso es exactamente lo que ha cambiado en los últimos años. Antes no sabíamos lo que hacían aquellos a los que no veíamos, no sabíamos que había en otros lugares del mundo, no lo sabíamos todo. Por tanto, cuando nos perdíamos algo, no nos dolía. Pero ahora sí, ahora tenemos la capacidad, al menos teórica, de saberlo todo. Supongo que tener “toda la información del mundo” a tiro de clic compensa, así que, no nos queda otra que dejar escapar muchas cosas. En definitiva, toca priorizar.  



The key is not to prioritize what's on your schedule, but to schedule your priorities. Stephen Covey