sábado, 17 de marzo de 2012

Niños: estudiad. Merece la pena.

Niños: estudiad. En serio. Esforzaros todo lo que podáis tanto durante vuestros estudios como cuando empecéis a trabajar. Y tened paciencia; el esfuerzo merece la pena.

¿Qué por qué os digo esto? Sencillo. Desde que soy pequeño vuestros abuelos me han inculcado que hay que esforzarse en la vida, que el trabajo duro tiene su recompensa, etc. Pese a que les he hecho bastante caso, lo cierto es que para casi todo en la vida necesito ver para creer. Sentir algo por mi mismo para hacerlo verdaderamente cierto. Y, por fin, acabo de comprobarlo.

Poneos en situación: islas Bahamas, un sol radiante y un mar azul turquesa como solo había visto en las películas. Tras recorrer la isla a mi aire en una scooter, acabo en una playa semi-privada solo para mí. A unos metros, un hotel de lujo donde veo que alquilan motos de agua. En 5 minutos estaba surcando las olas mar abierto con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando había cogido algo de confianza, me armé de valor y apreté la maneta del gas a fondo. La moto empezaba a ir cada vez más rápido: me agarré con todas mis fuerzas al manillar y comprobé que había alcanzado 40 millas por hora (64km/h). De pronto, una ola se cruza en mi camino y ¡bang! la moto despega. Volé. Y cuando aterrice un par de segundos después, mientras tenía la cara llena de agua y me sorprendí a mi mismo gritando a pleno pulmón, justo en ese preciso instante me di cuenta de que todo el esfuerzo que había hecho hasta ese momento merecía la pena.

Me di cuenta de que habían merecido la pena las horas de estudio, merecía la pena trabajar hasta las 7 de la mañana en un Alcampo, merecía la pena recorrer colegios vendiendo ordenadores o pasar horas de pie cortando entradas en el parque de la Warner. Merecía la pena trabajar en un banco de 8 a 3, salir corriendo a comer y empezar otro trabajo de 4 a 10 de la noche mientras todo el mundo disfrutaba de sus vacaciones de navidad. Merecía la pena aprobar 14 asignaturas en el último curso para terminar la carrera en 4 años e ir a clases de inglés incluso en Cuenca. Merecía la pena irse a Inglaterra y dormir en una habitación cuyas vistas eran los pies de la gente que caminaba por la acera y que temblaba cada vez que pasaba el autobús. Todo, absolutamente todo, de pronto tenía sentido y valía la pena.   

En una de mis películas favoritas, “En busca de la felicidad”, Will Smith le dice a su hijo algo así  cómo “nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo. Si tienes un sueño, tienes que protegerlo. Las personas que no son capaces de hacer algo te dirán que tú tampoco puedes. Si quieres algo, ve por ello. Y punto”.

Cuando era pequeño soñé que quería viajar y conocer el mundo; que quería poder conducir un Ferrari y que, sobre todo, querría formar una familia con la que poder disfrutar de todo ello. Aún estoy lejos de conseguirlo, tal vez no lo alcance nunca, pero lo que tengo claro es que voy a seguir dando todo lo que tengo dentro intentándolo. Quiero volver a gritar de felicidad. Os recomiendo hacer lo mismo: estoy convencido de que merece la pena. 

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