Niños, en 2012 vivimos en la más extrema de las abundancias.
Y sí, ya se que seguramente habréis estudiado algo de historia y sabréis que
desde 2008 vivimos en el mundo en general y en España y Europa Occidental en
particular, una de las peores crisis económicas que se recuerdan. Pero aún y
así, tenemos tanto que nos sobra.
Me explico. Vivimos en una época en la que podemos disfrutar
de todo lo que nos rodea como nunca antes. ¿viajar al otro lado del mundo? Es
solo cuestión de tener un poco de dinero y días libres. ¿tener acceso a toda la
música, películas, cine o obras de arte que puedas imaginar? Es tan simple como
tener un aparato, que ni si quiera tiene por que ser un ordenador, con acceso a
internet.

¿por qué ocurre esto? Pues porque en los últimos años hemos
vivido una auténtica revolución en términos de transporte y comunicaciones que
nos han cambiado la vida. Nuestro tiempo se conoce como la “era de la
información”, y es porque, de pronto, tenemos acceso a toda la información que
uno pueda imaginar. Pero tenemos demasiada. Demasiada información. No es de
extrañar entonces que la empresa para la que trabajo, que tiene como misión
“Organizar la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”
encuentre su “pequeño nicho” de mercado.
Pero yendo a lo que quería contaros hoy… el problema es que
tenemos demasiada información. Podemos mantener amigos en cualquier lugar del
mundo y tener acceso a ellos, a lo que hacen o a lo que dicen de forma
instantánea. Y eso, en sí mismo, no es malo. Lo complicado es mantenerlos.
Me encuentro sumido en una auténtica locura: viajo unos días
a España, por trabajo, y me resulta absolutamente imposible ver o charlar con
toda esa gente que conozco y con la que quisiera compartir algo de mi tiempo.
Me quedo en casa de mis padres, vuestros abuelos, y apenas puedo pasar tiempo
con ellos. Tengo tantas opciones de ocio a mi disposición que ni si quiera me
da tiempo a saber que están ahí. Al final, todo lo que puedo hacer se resume en
la maldita palabra “priorizar”.
La palabra “priorizar” parece haberse convertido en la
solución a casi todos los problemas. Jefes, profesores, compañeros, amigos y
hasta yo mismo nos pasamos el día recomendado priorizar como si eso fuese la
varita mágica que nos salva de este mal de no poder abarcar todo lo que
queremos. He dicho maldita palabra porque, en realidad, priorizar no es más que
el disfraz amable de otra mucho más negativa: renuncia. Al final es necesario
renunciar a muchas cosas que uno quiere. Hay que renunciar a pasar tiempo con
las personas con las que te gustaría estar, hay que renunciar a conocer
lugares, a escuchar canciones, a ver películas, a leer libros, a trabajar un
poco más o a aprender; a hacer un millón de cosas que a uno le gustaría. Y
renunciar duele. Sobre todo porque esa facilidad de tener todo al alcance de la
mano hace que uno vea lo que se le está escapando.
Hay un refrán que dice que “ojos que no ven,
corazón que no siente”. Y eso es exactamente lo que ha cambiado en los últimos
años. Antes no sabíamos lo que hacían aquellos a los que no veíamos, no
sabíamos que había en otros lugares del mundo, no lo sabíamos todo. Por tanto,
cuando nos perdíamos algo, no nos dolía. Pero ahora sí, ahora tenemos la
capacidad, al menos teórica, de saberlo todo. Supongo que tener “toda la
información del mundo” a tiro de clic compensa, así que, no nos queda otra que dejar
escapar muchas cosas. En definitiva, toca priorizar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario