Niños, dicen que el dinero no da la felicidad, aunque estaréis de acuerdo conmigo en que ayuda bastante. Es evidente que muchas de las cosas que el dinero nos permite pagar, nos ayudan a ser felices. Si queréis ahondar más en esto, preguntadle a vuestra madre. Pero lo que quizá no sea tan evidente, es entender que el dinero y la felicidad se comportan de una forma muy parecida.
Cuando estudias los principios financieros básicos, te explican que el dinero de mañana es igual al dinero que tienes hoy más los intereses que ese dinero genere. Por ejemplo, si queremos financiar la compra de un coche, lo hacemos con el dinero que tenemos hoy y una anticipación del de mañana. A cambio, a quien nos ha adelantado el dinero, tendremos que pagarle intereses que le compensen por su préstamo. Hasta aquí, nada nuevo. Pero... ¿y si os dijera que la felicidad funciona en la misma manera que un crédito?
A veces, hacemos cosas que nos hacen felices en el momento presente, aún sabiendo que disfrutarlas generará consecuencias negativas en el futuro. Por ejemplo, cuando anoche mis colegas y yo salimos de fiesta y nos tomamos demasiadas copas, decidimos casi sin saberlo que esas copas compensaban la resaca con la que me he levantado esta mañana. Es decir, preferimos sacrificar algo de la felicidad de esta mañana a cambio de haber disfrutado más la noche. Es ahora cuando viene la pregunta más complicada: ¿Cuánto más vale la felicidad de hoy que la de mañana?
Esta no es una pregunta fácil, pues requiere que cada uno la contestemos por nosotros mismos en cada momento. Cuando pides dinero prestado a un banco, los indicadores de interés como el Euribor, ese gran amigo de todos los que pagan hipotecas, te dan el trabajo hecho. Te explican que para disfrutar de una casa hoy cuyo precio son 300.000€ deberás pagar unos 125.000€ en intereses durante los próximos 30 años.
El problema viene cuando la decisión no está tan clara. ¿Cuál será el precio a pagar mañana por cada cigarro que fume hoy? ¿Realmente me compensa comer lo que me gusta y no lo que debería comer? En prácticamente cada decisión que tomamos a lo largo del día estamos decidiendo que las consecuencias positivas de aquello que vamos a hacer compensan las posibles consecuencias negativas de no hacerlo. Son decisiones que tomamos casi sin pensar, sin siquiera darle muchas vueltas, pero que a veces nos juegan malas pasadas. A veces incluso tratamos de eludir esa responsabilidad diciendo que “tenía que hacerlo” cuando la realidad es que decidimos hacerlo porque preferíamos sus consecuencias a las de haber hecho algo diferente.
Hace no mucho tiempo, una de tantas noches locas en las que decidí que el aroma a turba del Johnnie Walker Black Label junto con sus maravillosos efectos desinhibidores compensaban con creces la resaca del día siguiente, cometí un error de cálculo. Ante una pizca de felicidad instantánea en forma de mujer, decidí sin darle muchas vueltas que el roce de sus labios merecía más la pena que dañar una amistad que valoro mucho. Fue un gran error. Es por eso que quiero compartir con vosotros este consejo: antes de llevaros un poco de felicidad a la boca, perdáis un momento en valorar si el precio a pagar realmente os interesa. Eso sí, si estáis convencidos de que lo hace… a disfrutar que la vida es corta y las hipotecas demasiado largas!

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