domingo, 15 de enero de 2012

La teoría del avión

Cuando tenía nueve años, la selección española de fútbol jugaba el mundial de Estados Unidos. Es el primer evento deportivo del que tengo recuerdos claros. Hasta entonces, España nunca había ganado un mundial y ni siquiera se había acercado: unas semifinales eran nuestro máximo logro. Ese día, justo en el que vuestra tía cumplía 3 años (9/7/94), España jugaba contra Italia en cuartos de final. Aunque sobre el papel Italia parecía muy superior, lo cierto es que se acercaba el final del partido y perdíamos por solo un gol de diferencia. Entonces, con el tiempo reglamentario ya cumplido, el italiano Tassotti rompió la nariz del español Luís Enrique dentro del área. Si el árbitro lo hubiese visto, habría expulsado al italiano y hubiese pitado un penalti que tal vez habría significado el pase a semifinales de España. Sin embargo, no lo hizo. Perdimos el partido y una gran sensación invadió a todo un país: la de impotencia. Esa sensación de saber que algo que sucede a tu alrededor no te gusta y no puedes hacer nada por cambiarlo.

Desde pequeños, sufrimos esa rabia que durante distintas fases de la vida expresamos de forma diferente: llanto en la niñez, rebeldía en la adolescencia… y de muy diversas maneras cuando somos adultos. La realidad es que estamos acostumbrados a esa sensación desde niños pero no por eso se hace más llevadera. Y a mí, no solo gracias al codazo de Tassotti, el fútbol me iba a ayudar a comprenderla.

Cuando yo era pequeño, en el colegio, jugar al fútbol era obligatorio: el multitudinario patio del recreo en el que se jugaban diez partidos a la vez era el foro en el que se separaban a los buenos de los malos, a los populares de los impopulares; en la edad pre-adolescente, jugar al fútbol lo era prácticamente todo. Y yo, por desgracia, era muy malo. Eso me frustraba; era siempre el último en ser elegido y el que fallaba todos los goles cantados. Llegué a jugar un año en un equipo de fútbol sala: si no recuerdo mal, no marqué un gol en toda la temporada y nuestro equipo solamente consiguió dos empates como mejores resultados. Por muy malo que yo fuera, me costaba asumir la realidad: el fútbol no era lo mío. 

A pesar de no disfrutar mucho con su práctica, el fútbol me encantaba. Por aquél entonces un jugador del Real Madrid llamado Michel era mi ídolo y yo aspiraba a poder centrar desde la banda como él. Una de esas mañanas en el patio, vi venir el balón desde atrás y sobrepasar mi posición mientras yo corría detrás de él. Estaba en la banda derecha y según lo perseguía podía visualizar en mi cabeza el centro con rosca que quería haría al alcanzarlo. Iba a ser perfecto. Sin embargo, al golpear el balón, algo salió mal. El balón apenas salió manso hacia la línea de fondo y sentí, entre las risas y abucheos de mis compañeros, que algo iba mal. Empecé a sentir el dolor más intenso que había sentido jamás: me había roto el abductor.

Tras una larga e incompleta recuperación (aún a veces me sigue molestando), a la fuerza entendí que el fútbol no era ya una opción; y, casi de casualidad, encontré una alternativa: el baloncesto. Gracias a él mi vida cambió para mejor: hice nuevos amigos, dejé de ser el gordito que siempre era el peor en las clases de gimnasia y, lo que es mejor, más tarde me ayudaría a cumplir uno de mis sueños con solo 18 años: ir a Nueva York y además llevar conmigo a los míos (esa historia os la contaré otro día, si es que aún no estáis aburridos de escucharla).

Siendo sinceros, nunca llegué a ser buen jugador de baloncesto tampoco, pero lo cierto es que aprendí una gran lección: en lugar de sufrir por aquello que no podemos controlar, es mucho mejor adaptarse a la realidad y tratar de hacer las cosas de forma diferente. Es por eso que ante situaciones de rabia e impotencia trato de aplicar mi teoría del avión. Si lo pensáis, cada vez que os subís a un avión y os abrocháis el cinturón quedáis expuestos a las circunstancias: no tenéis el control sobre nada más allá de vuestros propios pensamientos y sensaciones. Por lo tanto, si lo pensáis bien, no parece muy inteligente preocuparse de más y sufrir o pasar miedo por algo que escapa a nuestro control. ¿Verdad que no merece la pena? Es por eso por lo que suelo estar muy tranquilo cuando vuelo.

Esta teoría es aplicable cada vez que nos invade esa sensación de impotencia; es mejor centrarse en lo que sí que podemos manejar que en aquello que escapa a nuestro control. No obstante, sé que resulta fácil decirlo, y que no siempre es sencillo manejar lo que uno siente. Pero lo creáis o no, la manera en la que reaccionamos ante estímulos como la sensación de impotencia es la principal diferencia entre los humanos y los animales. Pero como ya es suficiente por hoy, eso os lo explicaré en mi siguiente carta…


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